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Opinión

 

La decencia que viene de camino

10-06-2018
La profesión de analista político es un oficio muy volátil. Aciertas una vez y te equivocas 500. Así es y así será. Pero los hay que son conscientes de ello y procuran expresarse introduciendo ciertas cautelas -por ejemplo, el ‘o no’ final que tanto relativiza-, o a veces riéndose de sí mismo, y los hay que no lo son y, pese a acumular un historial de cagadas monumentales, siguen siendo sentenciosos ‘sin ningún género de dudas’ en base a fuentes inescrutables.

Un ilustre de este último grupo es un muchacho de El País, de cuyo nombre no me quiero ni puedo acordar–sí, creo que tiene un primer apellido de raíz inquisitorial-, que nos quiso convencer no ha muchoque la moción de censura de Pedro Sánchez iba a beneficiar a Mariano Rajoy. Y tanto: le ha dado una jubilación anticipada de lujo.

Este tipo de artista del alambre abunda estos días. Son recogedores de vela profesionales, usuarios contumaces del Digo y el Diego, pero que siempre nos regalan aquello de “ya lo dije yo”. Por lo visto, que Pedro Sánchez llegaría a ser presidente del Gobierno lo había dicho hasta el Tato. ¡Qué arte, qué poca vergüenza! ¡Hay que ver lo que manda en este país un tipo con el Presupuesto General del Estado (PGE) aunque sea de otro!

Dicho esto, quiero acabar este arranque anunciando que a partir de mañana volveré a comprar El País. Soledad Gallego-Díaz, una periodista de bandera, un ser humano espectacular, es la nueva directora. Ya era hora de que nos encontráramos con mando en plaza a un buen periodista y a una buena persona en el mismo cuerpo, ¿no?

Y ha establecido como principal línea roja el Libro de estilo del periódico. No me cabe duda de que las informaciones volverán a contrastarse, y las persecuciones políticas hasta en las necrológicas desaparecerán.

El espíritu de los Yoldi, Lobo y todos aquellos magníficos periodistas fusilados al amanecer por los ERE entrarán de nuevo por la sede de Miguel Yuste. Y Rubalcaba dejará de mandar, digo yo.

En cuanto al Gobierno, porque hoy toca hablar del Gobierno, pues demuestra que Pedro Sánchez lo tenía muy claro y de tonto no tiene ni un pelo: ha formado un equipo con gente mejor que él, con varios miuras que tendrá que lidiar personalmente.

Algún buen amigo le ha debido recordar lo que contó más de una vez el Abuelo Cebolleta Felipe González de su Gobierno de 1982: “Elegí a ministros que eran mejores que yo, pero yo sabía que podía aprender rápido”.

No le pongo muchas pegas. Quizás Marlaska y Margarita Robles debieron intercambiar carteras. Y la elección de Iván Redondo, anterior asesor de Monago en Extremadura y Xavi García Albiol en Badalona, como jefe de la Oficina del Presidente chirría por los cuatro costados. Tampoco me hace gracia que el coronel Pedro Baños se convierta en director del Departamento de Seguridad Nacional (DSU), dependiente de Presidencia del Gobierno. Si estuviéramos en 1936 pues no me sorprendería, pero los rusos ya no son lo que eran.

En fin, ya se verá si Pedro Sánchez ha acertado en esos tres casos o se ha equivocado con esta deriva conservadora.

La elección de Màxim Huerta, que me chocó inicialmente influenciado por el ruido montado contra él por sus apariciones en la televisión espectáculo, me parece incluso acertada. No lo conocía pero después de verlo manejarse los primeros días, no me cabe ninguna duda de que lo hará bien. (O no). Eso de no borrar sus tuits le honra.

En cuanto a la primera decisión adoptada por el nuevo Ejecutivo, que ha consistido en levantar el control del gasto de las cuentas de la Generalitat para rebajar la tensión, me parece imprescindible para la búsqueda de soluciones al problema catalán y a la grave crisis territorial que sufre España.

En cualquier caso, por mucho que insista el PP en intentar deslegitimar a este Gobierno –Pedro Sánchez está donde está por culpa de la corrupción generada por los populares-, los 100 días de confianza no se los quita nadie; ni Pablo Iglesias, que a las 24 horas estaba rasgándose las vestiduras y meando fuera del tiesto por la deriva centrista del Ejecutivo socialista. No debió reaccionar como si Pedro Sánchez se hubiera comprado un ‘casoplón’ de 600.000 euros, cuando en verdad solo ha sido el protagonista principal de un intento muy sólido de recuperar la decencia en España.

Por Jorge Bezares. Publicado en Diario Público.
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