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Un reconocimiento

17-04-2017
Opinión Opinión Un reconocimiento
Caminado por aquellas calles zamoranas, ensimismado por la sobria belleza de aquellas piedras, llegue a una puerta alta y angosta que se encuentra enclavada en la muralla de la ciudad, entre la Catedral y la Iglesia de San Isidoro. Siempre me indignó que se llamase aquel lugar “Portillo de la Traición”, porque, como es característico en esta España, la Historia se tergiversa constantemente para consagrar lo falso como cierto, sustituir el honor por la ignominia y alzar al traidor, al perjuro y al canalla como héroe, alzando siempre la bajeza a la cima del poder.

El 6 de octubre del año 1,072 entraba en la ciudad por ese lugar el caballero que cumpliendo su promesa y haciendo gala de su honor, mató a Sancho II, el ambicioso, insolente y traidor Rey de Castilla. El caballero era Vellido Dolfos y los hechos distan de ser como se nos transmitió siglo tras siglo.

Nunca estuvo conforme Sancho con las disposiciones de su padre, Fernando I de León, quien convocó curia regia para dar a conocer su voluntad de repartir sus posesiones siguiendo las normas navarras, pues no quería dejar desposeídos a sus hijos dejando todos su territorios al primogénito. A Sancho le correspondió Castilla, hasta entonces condado leones; a Alfonso le dejó León; Galicia a García; la ciudad de Toro, con dignidad de reino, fue para Elvira y Zamora, elevada a reino también le correspondió a Urraca, la mayor de sus hijos.

Desde la muerte de su padre, en el año 1.065, Sancho puso de manifiesto su intención de luchar contra sus hermanos para usurparles los territorios heredados legítimamente del Rey leones, aunque no sería hasta la muerte de la reina viuda, Doña Sancha, dos años después, cuando comenzarían los enfrentamientos que le llevaron a conquistar todas las posesiones a tres de sus hermanos. En enero de 1.072 era coronado Rey de León y solo le quedaba por tomar el Reino de Urraca, Zamora. Sancho cercó Zamora, un hecho en el que se mezclan leyenda y realidad. Al parecer, durante siete meses y seis días, asediada la ciudad, Urraca recibía constantes exhortaciones para que se rindiese y se integrara en Castilla; ésta se negaba con tenacidad contando con el apoyo de la ciudad y de Arias Gonzalo, hombre de confianza de Fernando I, depositario de su testamento y preceptor de los infantes.

Arias Gonzalo fue nombrado por la Reina gobernador de la ciudad y su firmeza , junto al valor de sus tres hijos, permitió que las tropas castellanas se replegaran tras la derrota del capitán Diego Ordoñez.

Zamora quedo liberada y Alfonso VI de León reinaría también en Castilla, Urraca seguiría siendo la Señora de Zamora ayudando a su hermano a gobernar sus estados. Su prestigio y agudeza fueron esenciales para la consolidación de Alfonso VI y evitar confrontaciones no deseables. Prudente y hábil, contaba con el respaldo de todos los estamentos leoneses y supo aconsejar a su hermano de manera sabia sobre los problemas que la muerte de Sancho dejaron por resolver.

Uno de los problemas tenía nombre y apellidos, era un soldado mercenario, ambicioso y sin escrúpulos, amigo desde la infancia del Rey Alfonso. Se había criado y educado con los infantes en el palacio del que aún quedan vestigios en Zamora, junto a la Puerta de Olivares, bajo la tutoría del conde Arias Gonzalo. Movido siempre por intereses y su afán de poder, y no por ese noble espíritu del que le ha ornado la leyenda: Se trata de Rodrigo Díaz de Vivar, conocido como “el Cid Campeador”

Tan falsa como su pretendido origen humilde era su fidelidad, y traicionando a quienes le apoyaron, este miembro de la aristocracia leonesa se unió a Sancho II en su lucha por desposeer a los demás herederos de Fernando I, que eran sus amigos, de la herencia paterna. Y tras la muerte de Sancho, pasando por el Juramento de Santa Gadea, algo que es más que dudoso y que no se sustenta más que en ese magnífico monumento literario que es “El Cantar del Mío Cid” de escaso rigor histórico, se vuelve a aliar con Alfonso, quien bien aconsejado por Urraca no le concede cargos de responsabilidad en la corte.

El Rey, siempre guiado en estos asuntos por su hermana, casó a su prima, Jimena Díaz, con Rodrigo y aunque le mostró siempre una aparente confianza, mantuvo sus reticencias. Urraca no se fiaba de aquel mercenario que la rondaba y pretendía cuando era casi un niño, a pesar de la diferencia de edad que les separaba. Ella siempre vio tras del Cid una ambición desmedida y la carencia de escrúpulos, algo que en el sitio de Zamora se puso en evidencia. Al fin y al cabo Rodrigo Díaz, al modo de tantos políticos contemporáneos, giraba como una veleta al sol que más calentase y donde él y su mesnada, su ejército independiente, era requerido, por lo que fue frecuente verle luchar un día con quien antes había sido su señor y le pagaba….

Atravieso la puerta para salir de la ciudad por este lugar, y lo hago desprovisto de la indignación que me causaba el ignominioso nombre que se le había dado al sitio porque ahora se llama de otra manera: Es el “Portillo de la Lealtad”, ¡Se ha hecho justicia al lugar y a los hechos!. El que entró por allí no fue un canalla ni un traidor, eso lo eran Sancho II y los suyos, empezando por el mítico Cid… Por allí entro un noble valiente que se jugó la vida por la lealtad debida a la Reina Urraca, a la nobleza y el pueblo de Zamora, y a la memoria del Rey Fernando I, acometiendo una misión difícil para acabar con el cerco de la ciudad y con las infames pretensiones del monarca castellano. Vellido Dolfos, el hijo de Dolfos Vellido fue hombre de honor, valiente y leal, cualidades que, por desgracia, no son apreciadas en nuestro tiempo.

Manuel Alba
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